El ocaso de la partidocracia

La presencia de los partidos políticos en las democracias contemporáneas, lejos de estimular la participación ciudadana, constituye un enorme cerco de recelo e incredulidad que obstaculiza todo intento de gobernabilidad. Así como el cobre raído entorpece la correcta circulación de la energía, los partidos políticos de nuestros tiempos, raídos (viciados) desde sus raíces, obstruyen el adecuado funcionamiento de la democracia participativa.

Los partidos políticos, otrora funcionales caminos hacia el poder, hoy son perniciosas y costosas casetas de cobro donde solamente acceden algunos privilegiados. La intermediación partidaria (esa que visibiliza la división social entre gobernantes y gobernados), ideada para la “proximidad”, es decir, para la articulación de los intereses sociales, se ha convertido en una condición de acceso al poder público que aleja, cada vez con más evidencia, a los gobiernos de la sociedad.

Por eso resulta necesario repensar las actuales formas de organización política: es preciso contar con entidades públicas que, a diferencia de los viciados –y muchas veces insalvables– partidos políticos, permitan el correcto ejercicio del poder a través de relaciones políticas que fluctúen desde la base hacia la cúspide, y no a la inversa. Así la democracia florecería en su máxima expresión, así el imperativo sería la real decisión mayoritaria.

Los partidos políticos ya no son indispensables para la democracia moderna; han sido superados con creces por la naturaleza humana, irresistible fuerza que degenera todo a su paso. Muchos afirman que resulta difícil, y hasta imposible, hablar en términos democráticos sin considerar a los partidos políticos. A diferencia de ellos, y en consonancia con miles de conciencias inconformes, sostengo que es ingenuo hablar sobre democracia contemplando todavía a los partidos políticos. Sabemos de sobra que la intermediación partidaria clasifica deliberadamente a las sociedades, acota el poder para unos cuantos, mina el talento político y agrava las problemáticas sociales. ¿Por qué seguir, entonces, defendiendo a los partidos como ejes rectores de la política moderna?

Necesitamos nuevas formas de organización política que verdaderamente garanticen nuestra representación en los asuntos de interés público, y es que los partidos políticos, además, han abandonado su real naturaleza: hoy sólo contamos con inmensas máquinas electorales carentes de toda ideología y de cualquier interés social. No hay nada más tétrico que escuchar a los líderes de las principales fuerzas políticas del país manifestando, con singular cinismo y clara indiferencia, que “sus partidos políticos” han sido severamente reprendidos por la sociedad, no a través de sus reclamos cotidianos y marcadas necesidades, sino con motivo de su comportamiento electoral, vía las urnas. ¿Hasta cuándo la política nacional, actualmente en manos de los partidos políticos, valorará más una vida humana que una boleta electoral? De algo estoy seguro: hasta en tanto los partidos políticos no sean sustituidos por otra forma de organización político-social, nada cambiará de fondo y las claves de elector seguirán importando más que nuestros nombres. Las sociedades democráticas contemporáneas, cada vez más informadas e interesadas en asuntos públicos, requieren mecanismos de participación directa (adicionales a los ya existentes) que resultan imposibles a la luz de los partidos políticos. El ocaso de los partidos políticos, amén de ser una necesidad, es una realidad; sólo es cuestión de alzar la voz y asumir el compromiso.

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