La política, fenómeno tan fascinante como tormentoso para la humanidad desde tiempos inmemoriales, puede ser, como todo cuanto es parido por esta realidad, analizada desde diversos ángulos. Uno de ellos propone explorar la política, no como noble vocación consagrada al bien común (basta de romanticismos), sino como una construcción conceptual diseñada para justificar y sacar provecho de la deslealtad inherente al ser humano (“Si el mal es inevitable, al menos pasémosla bomba”, rezan quienes se decantan por esta postura); deslealtad, propia de nuestra condición de ser sufriente, que representa el sustrato sobre el cual se edifican los sistemas políticos, es decir, las reglas reveladoras de un abismo de desconfianza entre los individuos. Así, se antoja necesario indagar acerca de la relación entre política y naturaleza humana (si es que no se trata de la única y misma cosa), esa que, como dijo en voz alta Maquiavelo, impulsa a la acción más por interés que por virtud.
¿De qué va eso de la deslealtad en el ámbito político? La afamada frase de Thomas Hobbes, quien sostenía que “el hombre es un lobo para el hombre”, subraya la desconfianza que subyace en absolutamente todas las interacciones humanas. Esta premisa tan contundente sirve de base y da sentido a la teoría del contrato social, donde la política se erige como una “civilizada respuesta” al estado de naturaleza, considerado por Hobbes como un escenario de (todavía más) caos y brutalidad. La política, en este orden de ideas, no busca lealtad entre los individuos, sino más bien establecer un orden que regule el juego de intereses en el que todos luchan encarnizadamente por su propia supervivencia, a veces sin reparar en los medios utilizados.
Siguiendo este hilo, no podemos olvidarnos del tío Marx y su incontrovertible sentencia de que “la historia de toda sociedad existente hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”; muestra de que el discurso político perpetúa una dinámica de deslealtad estructural caracterizada por el enfrentamiento de una clase social con otra. Así, la política deja de ser una herramienta de cohesión social, para convertirse en un campo de batalla donde no hay lugar para el idealismo (aunque sí para ideologías). De ahí que las promesas de los políticos sean meras estrategias de seducción en un mercado de intereses que funciona bajo el eslogan: la única lealtad posible es hacia uno mismo.
Los sistemas democráticos, por ejemplo, son presentados como bastiones de la libertad y el progreso, cuando en realidad son el sucio resultado de un pacto implícito de deslealtad. La democracia, como lo señaló Alexis de Tocqueville, es un juego en el que “el descontento es la esencia del espíritu democrático”. ¿Por qué? La lucha por los derechos y la representación se ve ensombrecida por una desconfianza mutua entre gobernantes y gobernados, gracias a la cual cada promesa se vuelve cuestionable y cada flexibilidad de principios un recordatorio de que la política es el arte del engaño por excelencia. Por tanto, el político no es un servidor público, sino un maestro del arte retórico consciente de que su suerte depende tanto de la deslealtad ajena como de su propia capacidad para navegar en el océano de la hipocresía.
No menos importante es el rol que juega la globalización en este embrollo, pues exacerba el sentido de deslealtad en un marco donde las identidades nacionales se diluyen y surgen nuevos intereses transnacionales. El filósofo Zygmunt Bauman describió este entorno como “liquidez”, como la erosión de cualquier lazo humano que se antojaba sólido. En un mundo donde la lealtad ya no es inquebrantable, la política se convierte en una simple mercancía, un recurso que se utiliza para satisfacer objetivos individuales bajo la fachada de un discurso colectivo. Aquí yace un sinsentido irónico: en la búsqueda de la seguridad y la confianza, los sistemas políticos terminan creando una desconfianza aún mayor.
De esta manera, resulta fundamental tener presente la idea de que la política, en su esencia, es una forma de llenar el hueco que se mantiene al descubierto tras afirmar que en la cadena trófica de los acontecimientos humanos, quien no devora es devorado. La incapacidad de confiar plenamente en otro ser humano lleva a la constitución de sistemas políticos que, a su vez, perpetúan la deslealtad como un principio estructural. La célebre reflexión de Nietzsche, quien afirmaba que “las convicciones son más peligrosas que las mentiras”, resuena como un eco en la sala del poder. La política, entonces, hace las veces de un espejo distorsionado que refleja sin recato la deslealtad intrínseca al ser humano.
En conclusión, la política debe ser vista como un arte construido sobre la deslealtad, una arquitectura conceptual que busca dar sentido a un mundo donde la confianza es una rareza. A medida que los individuos persiguen sus deseos, el escenario político se transforma en un campo de batalla por la supervivencia, donde la lealtad se convierte en un concepto flexible y, a menudo, engañoso. Al final, la política ofrece una ilusión de orden, una construcción que, como un castillo de naipes, puede desmoronarse ante el más ligero soplo de la desconfianza humana.
Aquí y así nos tocó vivir. En un contexto (funesto) donde ya nadie tildaría a Calígula de loco por instruir: “Que me odien, con tal de que me teman”.