Con tal de no pensar: una elegía por la inteligencia abandonada

Hay en la historia de las civilizaciones ciertos momentos en los que el hombre, en lugar de ascender hacia la luz que él mismo ha descubierto, decide —con una suerte de voluptuosidad trágica— descender hacia las sombras que creía superadas. No se trata de una caída violenta, tampoco de un cataclismo evidente. Es una lenta abdicación, un abandono casi imperceptible de aquello que lo distinguía: su capacidad de pensar.

Porque pensar —y conviene recordarlo en tiempos donde esta obviedad parece haber sido olvidada— no es un acto meramente funcional, sino una empresa ontológica. Pensar es, en cierto modo, crearse a sí mismo. Es ejercer una facultad que, por su potencia configuradora, rozaba lo divino: la de dar forma al mundo mediante la interpretación, la crítica y la imaginación. Renunciar a ello, más que una omisión, es una forma de suicidio espiritual. Y, sin embargo, nuestra época parece haber hecho del no pensar un hábito, y peor aún, un ideal.

No me refiero a la ignorancia involuntaria de otras épocas. Hablo de la ignorancia elegida, cultivada y defendida con una obstinación que raya en lo patológico. El sujeto contemporáneo no es aquel que no puede pensar, sino aquel que rehúye hacerlo. Se diría que la mente, en lugar de ser concebida como un instrumento de liberación, ha pasado a ser percibida como una carga innecesaria, un esfuerzo prescindible frente a la comodidad de la repetición y el eco.

Así, asistimos al espectáculo —tan grotesco como cotidiano— de individuos que dedican jornadas enteras a labores ingratas, ojalá por vocación o necesidad vital insuperable, y no porque dichas labores no les exigen pensar; de ciudadanos que suscriben contratos sin leerlos, como si la letra escrita fuera un enemigo silencioso que debe ser evitado; de multitudes que construyen su cosmovisión a partir del rumor, del fragmento, del titular, con tal de no enfrentarse al desafío —mínimo, pero decisivo— de abrir un libro o escuchar una idea compleja hasta su conclusión.

Pero acaso el síntoma más alarmante de esta patología colectiva se manifiesta en el ámbito político, ese espacio que debería ser el teatro de la razón pública. Lo que encontramos, en cambio, es una degradación del discurso hasta convertirlo en espectáculo, una reducción de la palabra a consigna, del argumento a gesto, de la deliberación a escenificación. Como si la política hubiese dejado de ser el arte de gobernar con inteligencia para convertirse en una coreografía de emociones primarias, perfectamente adaptable al ritmo vertiginoso de plataformas como TikTok, donde el pensamiento profundo resulta, por definición, inviable.

En este contexto, no sorprende la proliferación de figuras que, sin el menor pudor epistemológico, opinan sobre todo sin saber nada; ni la de aquellos que, sedientos de reconocimiento, prefieren el atajo de la apariencia al arduo camino de la formación. Son los herederos —aunque deformados— de aquel tipo humano que José Ingenieros diseccionó con precisión en El hombre mediocre: seres que no aspiran a la excelencia porque han aprendido a conformarse con la simulación de la misma.

Lo verdaderamente inquietante, sin embargo, no es la existencia de estos individuos —siempre los ha habido—, sino su normalización, su aceptación como estándar. La mediocridad ha dejado de ser una desviación para convertirse en norma; la superficialidad, en método; la pereza intelectual, en estilo de vida.

Y como toda renuncia, esta también tiene consecuencias. Una sociedad que decide no pensar es una sociedad que renuncia a su propio porvenir. El progreso —esa palabra tan manoseada como incomprendida— no es el resultado automático del paso del tiempo, sino la consecuencia directa de la reflexión crítica, de la duda metódica, del cuestionamiento constante. Donde no hay pensamiento, no hay innovación; donde no hay análisis, no hay justicia; donde no hay comprensión, no hay libertad. Más de dos milenios dan cuenta de ello.

En su lugar, emerge un mundo donde el individuo, incapaz de explicarse a sí mismo su propia condición, recurre al consuelo infantil de la queja. Incapaz de asumir la responsabilidad de su propia inercia, construye enemigos abstractos, muñecos de paja contra los cuales descarga su frustración. El sistema, la suerte, los otros: cualquier cosa, con tal de no enfrentarse al espejo de su propia renuncia.

He ahí la paradoja más amarga: el hombre contemporáneo parece dispuesto a soportar el peso de una vida vacía, de un esfuerzo estéril, de una existencia reducida a la inmediatez y al ruido, con tal de evitar el breve, pero decisivo, acto de pensar. Prefiere ser humo antes que forma, palabra antes que verbo.

Y quizá —como toda tragedia que se niega a reconocerse como tal— esta historia no tenga un desenlace súbito, sino una lenta disolución. En lugar de un colapso espectacular, tal vez asistamos a una evaporación progresiva del sentido, a una humanidad que, sin darse cuenta, se convierte en ornamento de su propia creación material.

Pero aun en ese escenario, subsiste una ironía final, casi literaria: que esta denuncia, estas palabras, este intento de convocar al pensamiento, corran el riesgo de no ser leídas. No por su complejidad, ni por su extensión, sino por aquello que denuncian. Porque, al final, siempre habrá quien prefiera soportar la crítica, la ofensa, la evidencia misma de su degradación… con tal de no pensar.

Y, sin embargo —y acaso este sea el signo más inquietante de nuestro tiempo—, ni siquiera hemos conservado la dignidad del extravío antiguo. Hubo épocas en las que la angustia del hombre no residía en la ausencia del pensamiento, sino en su dirección: se debatía entonces qué pensar, hacia dónde orientar la inteligencia, qué ideas merecían habitar la conciencia. Era una lucha noble, aun en su error, porque partía del reconocimiento de que pensar era inevitable.

Hoy, en cambio, nos descubrimos en una escena más desoladora: ya no discutimos el contenido del pensamiento, sino su mera existencia. Hemos descendido a un punto en el que la exhortación más elemental —casi primitiva— debe ser pronunciada con urgencia: ¡pensad! Pensad en lo que queráis, en lo que os plazca, en lo que vuestra circunstancia os dicte, pero pensad. Porque en ese acto mínimo, en esa chispa aparentemente trivial, se juega no solo la dignidad individual, sino la continuidad misma de nuestra especie como entidad hegemónica y consciente. Renunciar a pensar, más que abdicar de una facultad, es claudicar del lugar que ocupamos en el mundo.

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