El mapa emocional de la existencia: lectura filosófico-literaria de la canción Ellas de Nach

La canción Ellas del rapero español Nach (a mi gusto, uno de los mejores letristas de nuestros tiempos) no es una simple enumeración de amores pasados. Se trata más bien de una alegoría de la vida misma narrada a través de los nombres femeninos de las emociones. En cada “ella” —Luz, Ilusión, Melancolía, Pasión, Constancia, Envidia, Soledad, Esperanza— el poeta dibuja una topografía del alma, donde los sentimientos se suceden como ciudades en un viaje interior que conduce del asombro a la madurez, de la inocencia al conocimiento.

Alguna vez Umberto Eco dijo que toda narración es una semiosis, es decir, un sistema de signos que, bajo la apariencia de relato, oculta cierta teoría del mundo. Bajo este prisma, Nach convierte las emociones en signos femeninos, como si cada una fuera un arquetipo con rostro y perfume, una encarnación simbólica de los estados del alma. La vida —parece sugerir— sólo se vuelve inteligible cuando se erotiza el sentimiento, cuando se humaniza lo abstracto.

La canción inicia con Luz, “su primer amor”, metáfora del nacimiento y de la conciencia que se abre. En ella está el génesis del mirar y del comprender: la infancia luminosa donde todo es todavía promesa. Luego aparece Ilusión, que inaugura la adolescencia, ese tiempo en que la esperanza confunde la realidad con el deseo, tránsito del que es posible reconocer la pérdida del “paraíso semántico” de los primeros años, cuando las palabras significaban exactamente lo que nombraban. Desde la aparición de Ilusión, el lenguaje —y con él la existencia— se vuelve polisémico, incierto, confuso.

Con Indiferencia y Melancolía sobreviene la caída. El sujeto lírico se adentra en el laberinto de la decepción, donde la experiencia sustituye a la expectativa. Indiferencia no seduce, porque representa el vacío afectivo del mundo moderno: la mirada que no ve, el corazón que no siente. Frente a ella, Melancolía actúa como amante oscura, una que ofrece el consuelo de la tristeza, el placer de la herida que nunca cicatriza. En este punto, la canción deja de ser una crónica sentimental y se convierte en una fenomenología del dolor: cada emoción es un rostro del tiempo que pasa y deja su marca. “Yo sollozaba —dice el poeta—, su piel no me otorgaba días felices”, frase que podría haber firmado cualquier humanista renacentista que comprendiera que el conocimiento del mundo se paga con lágrimas.

Pasión llega como un relámpago: “haciendo el amor en hojas de papel mojadas”. En esa imagen, el eros y la escritura se funden, revelando la naturaleza poética del existir. La pasión no sólo enciende, también crea. De su fuego nacen las palabras que dan forma al caos interior. Pasión es, por tanto, la metáfora del arte: el acto en que el sufrimiento se transmuta en belleza. Pero el fuego sin estructura se extingue. Por eso aparece Constancia, la virtud que disciplina al genio y lo eleva hacia la cima. Ella representa el logos que domestica al pathos, la sabiduría que Eco atribuía al monje medieval que copia pacientemente un manuscrito, consciente de que el sentido sólo se alcanza a través del orden.

Envidia introduce el mal: la corrosión del yo frente al brillo ajeno. Su veneno “en la lengua de aquellos que me crucé” alude al rumor, al juicio social, a la mirada que juzga. Es la emoción pública, la del mundo, contrapuesta a la interioridad que busca el artista. Tras ella, Soledad paraliza y desnuda; rompe el armazón del yo, pero al hacerlo revela su centro. Es en la soledad donde el sujeto se convierte en lector de sí mismo, donde el alma, sin ruido externo, escucha el eco de su propio discurso.

El ciclo culmina con Esperanza y Libertad, las últimas damas del itinerario. Son las virtudes escatológicas, aquellas que redimen el naufragio anterior. Esperanza no niega el dolor, lo ilumina; Libertad no promete la ausencia de cadenas, sino la capacidad de elegir cuáles llevar.

Cuando Nach afirma que “el hecho de vivir deja secuelas”, resume la tesis central de su poética: la vida no es una línea, sino un palimpsesto. Cada emoción deja un trazo sobre el anterior. Somos la superposición de todas ellas, una escritura reescrita infinitas veces. Así, Ellas no es sólo un desfile de sentimientos, sino una arqueología del alma. Las mujeres de la canción son los estratos de una conciencia que se busca a sí misma en el espejo del tiempo. Y en ese espejo, como en toda obra digna, se revela la paradoja final: el amor y el abandono, la alegría y la herida, no son opuestos, sino las dos caras de un mismo signo.

El universo simbólico de Nach recuerda que el ser humano no vive las emociones, las interpreta. Cada sentimiento es un texto, y el corazón, su lector más fiel. Ellas es, después de todo, una biblioteca de experiencias donde el alma lee su propio pasado con los ojos del presente. Como todo texto que aspira a la verdad poética, la canción concluye sin clausura. Las “damas” regresan “como viejas amantes”, porque la emoción nunca muere: se disfraza, se esconde, se reescribe. Y el poeta, sabio o herido, las acoge de nuevo, consciente de que toda vida humana es el arte de convivir con ellas: las pasiones que nos fundan, nos hieren y, a pesar de todo, nos salvan.

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