Siempre he sospechado que los pueblos revelan su verdadera identidad cuando dejan de pensar y comienzan a celebrar.
Mientras razonan, todavía son capaces de mentirse. Elaboran discursos, escriben constituciones, levantan monumentos, inventan himnos y proclaman ideales. Todo ello pertenece al orden de la voluntad. Es el retrato que desean ofrecer de sí mismos. Pero cuando la emoción los desborda y la multitud sustituye al individuo, desaparece la máscara cuidadosamente construida y emerge aquello que ninguna historia oficial alcanza a ocultar.
Por eso los mundiales de fútbol nunca me han parecido acontecimientos deportivos. Son confesiones colectivas. El balón no es más que un objeto que permite poner en movimiento otra cosa infinitamente más pesada: el alma de un pueblo.
El Mundial de 2026 ha dejado, para quien haya querido mirar más allá del marcador, un inventario silencioso de nuestras carencias. Cada partido de la selección mexicana parecía durar noventa minutos. Cada celebración, en cambio, parecía prolongar siglos enteros de frustraciones acumuladas.
Observé las imágenes provenientes del Ángel de la Independencia como quien contempla un espejo roto. No vi únicamente aficionados cantando. Vi hombres y mujeres buscando, con desesperación, un instante en el que la vida dejara de pesarles. No me impresionó la multitud. Me impresionó su necesidad. Porque la multitud nunca nace del entusiasmo; nace del cansancio.
Sólo quien está profundamente fatigado de sí mismo acepta desaparecer dentro de miles de desconocidos para experimentar, aunque sea por unas horas, el alivio de no tener nombre, ni historia, ni responsabilidades. La masa ofrece una forma de descanso espiritual: allí nadie necesita sostener el peso de ser quien es.
Quizá por eso el grito colectivo resulta tan seductor. Uno deja de escuchar la voz incómoda que habita en el fondo de la conciencia. Durante unos minutos ya no existe el fracaso personal. Existe únicamente el gol. Y el gol, como toda ilusión perfecta, dura exactamente lo necesario para comenzar a desaparecer.
No juzgo esa alegría. Sería absurdo condenar el deseo humano de olvidar el sufrimiento. Lo que me inquieta es preguntarme por qué necesitamos olvidarlo con tanta urgencia. Hay pueblos que celebran porque son felices. Otros celebran porque, durante un instante, consiguen dejar de ser desgraciados. La diferencia parece pequeña. En realidad, separa dos civilizaciones.
Recuerdo una observación de Juan Villoro: el mexicano necesita muy poco para sentirse alegre. Durante mucho tiempo quise creer que aquella frase hablaba de nuestra admirable capacidad para encontrar belleza en la pobreza, humor en la adversidad y esperanza en medio del fracaso.
Hoy temo otra interpretación. Quizá necesitamos muy poco para celebrar porque poseemos demasiado poco que celebrar. No es la alegría la que resulta extraordinaria. Es la escasez. Entonces comprendí que las imágenes del Ángel de la Independencia no hablaban del fútbol. Hablaban de nosotros.
Las botellas rotas, el mobiliario destruido, los golpes, los incendios, los accidentes y las muertes no eran simples excesos producidos por el alcohol. El alcohol únicamente retira los últimos velos. Lo que aparece después ya estaba ahí. Siempre estuvo. El verdadero intoxicante era otro. Era el deseo desesperado de sentir que pertenecíamos a algo.
Vivimos en un tiempo extraño. Decimos que somos libres porque elegimos gobernantes, pero pocas veces nos preguntamos si alguna vez hemos aprendido a gobernarnos a nosotros mismos. Confundimos ciudadanía con opinión, democracia con entusiasmo electoral e identidad nacional con una camiseta que cambia cada cuatro años.
Somos políticamente independientes. Espiritualmente seguimos esperando permiso para existir. Y acaso toda nuestra historia pueda resumirse en esa espera interminable. Esperamos que un presidente transforme el país. Esperamos que una reforma corrija décadas de abandono. Esperamos que una selección nacional repare la autoestima de millones. Esperamos siempre. Esperamos todo.
Esperar es una forma elegante de no actuar. La esperanza, cuando deja de conducir al trabajo y se convierte en residencia permanente, termina siendo una de las formas más refinadas de la resignación. Hay una tristeza profundamente latinoamericana en esa costumbre de confiar el destino a acontecimientos extraordinarios. Vivimos aguardando la llegada del héroe, del caudillo, del salvador, del campeonato, como si la historia fuera una puerta que alguien más hubiera de abrir por nosotros.
Mientras tanto, la vida continúa deteriorándose con una paciencia admirable. Quizá el verdadero problema de México no sea económico, ni político, ni siquiera educativo. Tal vez sea metafísico. No sabemos quiénes somos. Y quien ignora su identidad termina alquilando identidades provisionales.
Hoy es la selección nacional. Mañana será un partido político. Después un líder carismático. Más tarde una ideología. Todo sirve, siempre que evite el encuentro con ese silencio donde habita la pregunta que más tememos formular “¿Quién soy cuando la multitud desaparece?”
No conozco una pregunta más peligrosa para un individuo. Tampoco para una nación. Porque un país no comienza a existir cuando delimita sus fronteras. Comienza cuando sus habitantes dejan de necesitar que alguien les diga quiénes son.
He llegado a pensar que el patriotismo más difícil no consiste en morir por la patria. Consiste en construirla todos los días sin esperar aplausos. Es infinitamente más heroico respetar la ley que romper un semáforo durante un festejo. Es más revolucionario cuidar una plaza pública que incendiarla en nombre de una victoria. Es más patriótico educar a un hijo para que piense que enseñarle a gritar un gol.
La civilización nunca ha sido un asunto de grandes gestas. Es una lenta disciplina del carácter. Por eso sospecho que el país no necesita otro Mundial. Necesita otro tipo de ciudadanos. Necesita hombres y mujeres capaces de soportar la realidad sin anestesiarla continuamente con espectáculos. Necesita comprender que la libertad no consiste en hacer cuanto el impulso ordena, sino en dominar el impulso antes de que éste nos domine. Y necesita un Estado que recupere el sentido más noble de la autoridad: no el de la arbitrariedad ni el de la fuerza ejercida por sí misma, sino el de hacer efectiva la ley con firmeza, sin concesiones a la impunidad y con la convicción de que la disciplina pública no es enemiga de la libertad, sino una de sus condiciones. La indulgencia permanente hacia el desorden no educa ciudadanos; perpetúa la minoría de edad cívica.
No ignoro que estas palabras puedan parecer severas. Toda medicina eficaz suele parecerlo. Hay pueblos que despiertan mediante la inspiración. Otros únicamente despiertan cuando la realidad deja de pedir permiso. Quizá nosotros pertenezemos a los segundos. Porque ya hemos esperado demasiado. Y existe un momento en la vida de los hombres y de las naciones en que la esperanza deja de ser virtud para convertirse en evasión. Ese momento, sospecho, ya ha llegado.
Tal vez entonces comprendamos que el acontecimiento más importante del Mundial de 2026 nunca ocurrió dentro de un estadio. Ocurrió dentro de nosotros. Descubrimos que no estábamos celebrando una victoria. Estábamos intentando olvidar una ausencia. Y no existe campeonato capaz de llenar el vacío de un país que todavía no termina de encontrarse a sí mismo.
La tarea pendiente no consiste en levantar una copa. Consiste en levantar, por fin, una conciencia.