Supe que para mí sería más difícil

La idea comenzó —como suelen comenzar las revelaciones que verdaderamente nos interpelan— de manera casual, casi doméstica: navegando por la vasta y a veces caótica cartografía digital me encontré con una entrevista al psicoanalista argentino Gabriel Rolón. En ella, con la serenidad de quien ha visto desfilar ante sí decenas de historias humanas, comentó que llega un momento en el que uno entiende que las circunstancias le serán más difíciles. No lo dijo con lamento, ni con esa condescendencia disfrazada de empatía que a veces permea los discursos motivacionales. Lo dijo como quien enuncia un axioma, como quien describe la obviedad que, sin embargo, todos tardamos años en reconocer. Y fue entonces, escuchándolo, que me descubrí repitiéndome, casi en silencio: “Supe que para mí sería más difícil”.

Aquella frase, lejos de sonar amarga, me resultó una especie de brújula moral. Tal vez porque en la carrera que llamamos vida —esa maratón interminable que nadie pidió correr y cuyas reglas nadie conoce del todo— no todos iniciamos desde el mismo kilómetro. Hay quienes arrancan cerca de la meta, con caminos asfaltados por generaciones, con herencias simbólicas que otros apenas pueden imaginar. Otros, en cambio, comenzamos desde la periferia del mapa, en territorios donde el suelo es más áspero, donde cada paso exige doble esfuerzo, donde la noción misma de posibilidad parece un lujo.

Durante mucho tiempo pensé, como muchos, que tal desigualdad era una injusticia que debía lamentarse, un designio que autorizaba la queja perpetua. Pero hoy sé que esa percepción es sólo una de las historias posibles. La otra, la que prefiero habitar, es la que transforma la desventaja en conciencia y ésta en acción. Porque si bien no somos responsables del lugar donde nacemos, sí lo somos —y radicalmente— del lugar donde decidimos morir, es decir, del punto final que damos a nuestra propia narrativa. Y comprender esto es aceptar que no siempre podremos elegir el inicio, pero siempre podremos disputar el desenlace.

Me he descubierto muchas veces evaluando ese tramo inicial que no escogí: la familia, el barrio, la escuela, los silencios heredados, los miedos que otros depositaron sobre mis hombros antes de que yo aprendiera siquiera a nombrarlos. Y aun así, cuando me miro con honestidad, sé que detenerme ahí sería un acto de autotraición. Sería reducir mi historia a la geografía de la carencia, sería confundir un punto de partida con una sentencia. Porque las desventajas, cuando se les mira de frente, no dictan el destino: sólo sugieren su dificultad.

De ahí que la frase “supe que para mí sería más difícil” no deba pronunciarse como un epitafio anticipado, sino como un acto de responsabilidad íntima. No como una resignación, sino como un recordatorio severo y luminoso: si la carrera es desigual, entonces mi deber es doble; y si los demás han nacido más cerca de la meta, ello no vuelve inútil mi trayecto, sino más significativo mi avance. La desventaja se convierte, así, en una forma de lucidez: comprender que el mundo no está obligado a nivelarse para que uno pueda caminarlo, y que esperar justicia del punto de partida es renunciar a la libertad del punto de llegada.

La vida es un inmenso manuscrito que sobreescribimos sin borrar del todo lo que ya estaba allí. Nuestras circunstancias iniciales son la tinta primera: indelebles, sí, pero no definitivas. Luego venimos nosotros, con nuestras decisiones, torpezas y hallazgos, a escribir encima una versión más cercana a lo que deseamos ser. Y es en ese ejercicio —doloroso, a veces humilde, siempre humano— donde se juega la verdadera ética del destino personal.

Por eso, hoy lo digo sin dramatismo y sin vergüenza: supe que para mí sería más difícil. Pero lo supe de un modo que no anula mi deseo de avanzar, sino que lo radicaliza. Lo supe como quien acepta una misión que no pidió, pero que entiende como propia. Lo supe como quien reconoce que la vida, aun con sus asimetrías, sigue siendo un territorio donde es posible elegir la dignidad por encima de la queja, la acción por encima del reproche, el movimiento por encima de la quietud que se disfraza de victimismo.

Pienso en esto particularmente hoy, 20 de noviembre, fecha que en México evoca la Revolución, ese momento histórico en que un país entero buscó modificar el orden impuesto. Paradójicamente, en un tiempo donde los grandes relatos se han fragmentado y donde las multitudes rara vez se levantan con la misma convicción, creo que sólo queda una revolución cuyo estallido sigue siendo necesario: la revolución de uno mismo. Esa que no se hace con fusiles ni proclamas, sino con voluntad, con lucidez y con la íntima certeza de que, aunque el camino haya empezado lejos de la meta, nunca es tarde para redibujar la ruta. Porque si alguna revolución vale la pena, es la que comienza dentro.

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