La idea surgió hoy, en medio de una conversación aparentemente coloquial, de esas que nacen sin mayores pretensiones y que, en teoría, deberían morir en el mismo lugar donde comenzaron.
En algún momento utilicé la expresión “un par” con esa seguridad despreocupada con la que uno emplea las palabras que supone perfectamente domesticadas. Mi interlocutora, sin embargo, me corrigió: “Un par no necesariamente son dos”.
Confieso que mi primera reacción fue la que probablemente tendría cualquiera que todavía conserve cierta confianza en la aritmética: ¿cómo que un par no son dos?
Hay afirmaciones que uno considera exentas de litigio. Dos zapatos hacen un par. Dos calcetines hacen un par. Dos guantes hacen un par. Dos personas, con suficiente optimismo, pueden formar una pareja.
Parecía, pues, que nos encontrábamos ante una verdad demasiado elemental como para necesitar abogado. Pero cometí el error de seguir pensando. Y cuando un abogado sigue pensando después de que una conversación ya debió terminar, las cosas suelen complicarse.
Primero aparece una duda donde nadie había solicitado una. Después surge una excepción. Luego una distinción. Más tarde una interpretación alternativa. Y, cuando uno menos lo advierte, aquello que comenzó como una charla sin importancia ya tiene antecedentes, considerandos y puntos resolutivos.
De ahí nació este ensayo. Porque acaso mi interlocutora tenía razón. Acaso un par también podrían ser tres.
No porque la aritmética haya sufrido una reforma constitucional durante la noche, ni porque el número tres haya adquirido por decreto la calidad de par, sino porque las palabras, para desgracia de quienes prefieren un mundo sencillo, suelen significar bastante más de lo que aparentan. Y los abogados vivimos precisamente de sospechar de aquello que parece demasiado evidente.
La mayoría de las discusiones interesantes comienzan cuando alguien introduce la palabra “necesariamente”. Mientras alguien diga que “un par suelen ser dos”, difícilmente habrá controversia. Pero si afirma: “Un par necesariamente son dos”, entonces el asunto cambia.
Porque “necesariamente” es una palabra enorme. Significa que no puede ser de otra manera. Que no existe excepción. Que ninguna circunstancia imaginable permitiría sostener algo distinto. Y pocas cosas resultan más tentadoras para un abogado que una afirmación absoluta.
Los abogados tenemos cierta debilidad profesional por las grietas. Allí donde alguien construye una muralla conceptual, nosotros buscamos la fisura. No necesariamente para derribarla. A veces basta con demostrar que no era tan sólida como parecía.
Por eso, frente a quien afirma que un par son necesariamente dos, la pregunta no debería ser inmediatamente matemática. Debería ser jurídica: ¿Qué entiende usted por “par”?
Sé que la pregunta parece excesiva. Precisamente por eso es una buena pregunta de abogado, pues las palabras tienen más vidas que los gatos.
Uno de los errores más comunes del lenguaje consiste en creer que las palabras poseen un significado único, fijo, obediente y dispuesto a presentarse cuando uno lo llama. No ocurre así. Las palabras son criaturas promiscuas.
Cambian de significado según el contexto, se disfrazan de metáforas, se vuelven técnicas dentro de determinadas disciplinas y, cuando uno cree haberlas atrapado definitivamente, aparecen significando otra cosa en la frase siguiente. “Par” no es la excepción.
En el lenguaje cotidiano puede designar dos cosas de la misma especie. Un par de zapatos. Un par de guantes. Un par de boletos. Hasta aquí todo parece marchar admirablemente.
Pero en matemáticas “par” no significa “dos”. Significa que un número entero es divisible exactamente entre dos. Dos es par. Pero también cuatro. Y seis. Y ocho. Y mil doscientos cuarenta y seis, que pese a su evidente incapacidad para hacerse pasar por dos, sigue siendo impecablemente par.
Entonces aparece la primera dificultad. Dos es par. Pero par no es dos. La diferencia parece insignificante hasta que alguien pretende convertir ambas proposiciones en sinónimos.
Y ahí comienza la defensa. Porque afirmar que “todo par es dos” sería tan absurdo como decir que, puesto que un abogado es profesionista, todo profesionista es abogado. Sería una extravagancia interesante para el gremio, desde luego, pero difícilmente sostenible.
No olvidemos que el contexto, ese testigo incómodo, es fundamental. Las palabras no viven solas. Viven en frases. Y las frases viven en contextos.
Si alguien me dice: “Espérame un par de minutos”; no entiendo que haya contraído una obligación jurídicamente exigible de regresar exactamente ciento veinte segundos después. Si vuelve a los tres minutos, nadie razonable debería acudir ante un juez a demandar el cumplimiento forzoso. Aunque siempre habrá quien lo considere.
En semejante expresión, “un par” no significa rigurosamente dos. Significa algo parecido a “unos pocos”. Y si alguien anuncia: “Tengo un par de cosas que decirte”; la experiencia aconseja no confiar demasiado en la exactitud numérica de la frase. Podrían ser dos. Podrían ser cinco. Podrían durar tres horas. Particularmente si la conversación comienza con las palabras “tenemos que hablar”.
El lenguaje cotidiano es generosamente impreciso. Y quizá sea mejor así. Si cada expresión humana requiriera la exactitud de una escritura pública, moriríamos antes de terminar el desayuno.
Decimos “ahorita”, “en un momento”, “unos días”, “casi nada”, “un poco”, “bastante” y “un par” sin detenernos a precisar sus fronteras conceptuales.
Vivimos rodeados de palabras elásticas. El problema surge cuando alguien toma una de ellas, la estira durante toda la vida y de pronto pretende medirla con regla.
Pero todavía puede llevarse el asunto un poco más lejos. Supongamos que tenemos tres personas: A, B y C. Entre ellas pueden formarse las siguientes parejas: A con B. A con C. B con C.
Tres personas producen, entonces, tres pares distintos. Sí, cada par continúa estando integrado por dos personas.
No conviene perder completamente la cordura. Pero el ejemplo demuestra que la idea de “par” no se identifica necesariamente con el número total de elementos que intervienen en una situación.
Tres pueden producir pares. Más todavía: tres pueden producir tres pares. Y en este punto el abogado comienza a sentirse peligrosamente cómodo. Porque ya no necesita demostrar que tres sea matemáticamente par. Le basta con demostrar que la frase “un par son dos” era menos sencilla de lo que parecía.
Esa es una de las grandes alegrías del razonamiento jurídico: no siempre hace falta probar que la tesis contraria es completamente falsa. A veces basta con demostrar que no era necesariamente verdadera. La duda razonable también tiene sus pequeños placeres intelectuales.
Quizá todo esto explique por qué convivir con abogados puede resultar agotador. Una persona normal escucha: “Me prestó su automóvil”; y comprende perfectamente la frase.
Un abogado, en cambio, podría preguntar: ¿Se lo prestó gratuitamente?, ¿por cuánto tiempo?, ¿hubo entrega material?, ¿existió obligación de restitución?, ¿era comodato?, ¿arrendamiento disfrazado?, ¿tenía autorización para disponer del vehículo?
La conversación termina veinte minutos después y nadie recuerda ya para qué necesitábamos saber quién tenía el coche. No es perversidad. O no siempre. Es formación profesional.
El Derecho enseña a sospechar del lenguaje porque sabe que buena parte de los conflictos humanos nace justamente de creer que dos personas entendieron lo mismo cuando escucharon una palabra.
Pensemos en algunas: Propiedad. Consentimiento. Violencia. Buena fe. Urgencia. Necesidad. Razonable. Todas parecen sencillas hasta que hay dinero, libertad o derechos involucrados.
Entonces descubrimos que cada una tiene jurisprudencia. Las palabras son pacíficas mientras no producen consecuencias. Cuando comienzan a producirlas, aparecen los abogados.
Hay, sin embargo, una cuestión más interesante detrás de este pequeño juego. Muchas respuestas dependen menos de la realidad que de la forma en que hacemos la pregunta.
¿Un par son dos? Depende de qué estamos preguntando. Si preguntamos cuántos zapatos integran normalmente un par, serán dos. Si preguntamos qué significa que un número sea par, la respuesta será otra: que puede dividirse exactamente entre dos.
Si preguntamos cuántos pares distintos pueden construirse con tres elementos, la respuesta será tres. Nada cambió en la realidad. Cambió la pregunta. Y cambiar correctamente una pregunta puede modificar por completo nuestra comprensión de un problema.
Esta quizá sea una de las herramientas más poderosas del pensamiento. También del litigio. El litigante mediocre se apresura a contestar. El bueno se pregunta primero si la pregunta está bien formulada. Porque una respuesta impecable a una pregunta equivocada sigue siendo una equivocación.
Hay una expresión jurídica que siempre me ha parecido magnífica: “Suponiendo sin conceder”. Es casi poesía procesal. Significa algo parecido a: “Supongamos por un instante que usted tiene razón, únicamente para demostrar que aun así está equivocado”. Pocas frases resumen mejor cierto espíritu de la profesión.
Así podríamos proceder con nuestro problema. Supongamos sin conceder que “un par” sean dos. ¿Dos qué? ¿Dos unidades? ¿Dos elementos relacionados? ¿Dos minutos exactos? ¿Dos objetos idénticos? ¿Dos números?
La afirmación empieza a exigir precisiones. Y toda afirmación que exige demasiadas precisiones pierde parte de aquella arrogancia inicial con la que se presentaba como evidente.
Aquí radica una diferencia importante entre tener razón y saber argumentar. La primera depende de la realidad. La segunda exige comprender cómo está construida la afirmación sobre esa realidad.
Por supuesto, un abogado puede utilizar semejante habilidad para defender tonterías. También un cuchillo puede servir para cortar pan o para cometer un crimen. No culpemos a las herramientas por la vocación de quien las utiliza.
Llegados a este punto conviene reconocer algo, antes de que alguien utilice este ensayo como prueba de que los abogados hemos abandonado definitivamente la razón. Tres sigue siendo impar. No hay alegato que pueda cambiarlo. Ni siquiera uno de trescientas páginas. Ni con jurisprudencia. Ni con pericial matemática. Ni invocando derechos humanos. La realidad conserva cierta saludable indiferencia frente a nuestra retórica. Y eso está bien.
Argumentar no significa poder demostrar cualquier cosa. Significa comprender qué puede demostrarse y hasta dónde alcanza una interpretación razonable.
La gracia de sostener que “un par también podrían ser tres” consiste precisamente en saber dónde está la trampa. No estamos afirmando que tres sea un número par. Estamos afirmando que el concepto de par puede aparecer en situaciones que involucran tres elementos, que “par” no significa matemáticamente “dos” y que, en el lenguaje cotidiano, “un par” ni siquiera tiene siempre una exactitud cuantitativa absoluta.
No hemos vencido a la aritmética. Solamente hemos incomodado al lenguaje. Y, francamente, eso ya resulta bastante satisfactorio.
Sin embargo, quizá la parte más interesante de todo esto no tenga que ver con abogados ni con números. Tiene que ver con una costumbre. La conversación que originó estas líneas pudo haber terminado con aquella frase: “Un par no necesariamente son dos”. Yo pude responder: “Puede ser”. Y continuar con mi vida. Habría sido mucho más práctico.
Pero existen personas que padecemos cierta incapacidad para dejar las ideas en paz. Una frase conduce a una pregunta. La pregunta produce una objeción. La objeción exige una distinción. La distinción genera un argumento. Y el argumento, si uno tiene además el vicio de escribir, termina inevitablemente convertido en texto.
Hay quienes ven caer una hoja y siguen caminando. Otros se preguntan por qué cayó. Algunos recuerdan el otoño. Un físico piensa en gravedad. Un poeta piensa en el tiempo. Un abogado probablemente pregunte de quién era el árbol. Cada oficio deforma, en alguna medida, nuestra manera de mirar.
Y quizá escribir consista precisamente en aceptar esa deformación y convertirla en estilo. Porque el escritor no necesariamente necesita acontecimientos extraordinarios. Necesita atención.
La literatura rara vez comienza con una gran revelación. A veces comienza con una frase absurda pronunciada durante una conversación cualquiera.
El mundo está lleno de asuntos insignificantes. La mirada es la que decide cuáles continúan siéndolo.
Después de todo este esfuerzo argumentativo, podemos regresar tranquilamente al punto de partida. ¿Un par son dos? Sí. A veces. ¿Un par necesariamente son dos? Ya no estoy tan seguro.
Dos es par, pero “par” no significa matemáticamente dos. Tres elementos pueden producir tres pares. Y “un par de minutos” puede convertirse impunemente en tres sin que colapse el orden jurídico nacional.
De modo que mi interlocutora quizá tenía más razón de la que inicialmente estuve dispuesto a concederle. Aunque, como corresponde a todo abogado que pretenda conservar un mínimo de dignidad profesional, tampoco estoy dispuesto a reconocer una derrota tan fácilmente.
Diremos simplemente que su afirmación abrió una línea argumentativa interesante. Que es la manera elegante en que los abogados admitimos que alguien nos hizo pensar. Y acaso allí está lo verdaderamente valioso. No en determinar definitivamente si un par son dos, tres o diecisiete. Sino en descubrir que incluso una observación aparentemente insignificante puede contener una pregunta si uno decide mirarla el tiempo suficiente.
Las buenas conversaciones dejan residuos. Una frase. Una duda. Una contradicción. Algo que permanece dando vueltas cuando la conversación ya terminó.
Y quizá el oficio de escribir consista precisamente en recoger esos residuos antes de que desaparezcan. De modo que sí: después de todo, un par también podrían ser tres. Al menos si quien debe demostrarlo es un abogado con suficiente imaginación, paciencia y tiempo libre para discutir con la semántica.
Pero quizá el verdadero triunfo no consista en haber torcido una expresión hasta volverla discutible. Consista en haber encontrado, dentro de una conversación cualquiera, una idea que valía la pena escribir.
Porque hay conversaciones que se olvidan. Otras dejan una frase. Y unas cuantas terminan convertidas en páginas. Hay que sacarles provecho. Pensar. Discutir. Escribir. Aunque el punto de partida sea mínimo. Sobre todo si es mínimo. Porque, después de todo, el escritor es eso: un necio que reflexiona hasta de lo más mínimo.