Feliz no aniversario

Nos enseñaron a celebrar los aniversarios. Celebramos los años de un matrimonio, de una amistad, de un proyecto, de una empresa, de una vocación. Levantamos la copa por aquello que permanece, por lo que resiste el paso del tiempo y continúa acompañándonos.

Pero casi nadie nos enseña a celebrar los no aniversarios. Esos días invisibles en los que se cumple un año más desde que algo terminó. Desde que una persona se marchó. Desde que una puerta se cerró. Desde que renunciamos a un sueño, abandonamos un lugar o dejamos atrás una versión de nosotros mismos.

Y, sin embargo, también esos días merecen ser recordados. Porque no todo lo que se va constituye una pérdida. Hay ausencias que pesan menos que las presencias. Hay despedidas que son una forma de libertad. Hay finales que, aunque al principio duelan, terminan revelándose como el primer paso hacia una vida más auténtica.

Con frecuencia creemos que nuestra historia está hecha de todo aquello que conservamos, pero la verdad es otra. También somos el resultado de todo aquello que dejamos atrás.

Somos las decisiones que nos atrevimos a tomar. Los caminos que decidimos no recorrer. Las heridas que cicatrizaron. Las ilusiones que aprendieron a transformarse. Los vínculos que terminaron cuando ya habían cumplido su misión.

Hay personas cuya mayor contribución a nuestra vida fue marcharse. Hay fracasos que llegaron para impedir una derrota mayor. Hay puertas que se cerraron únicamente para obligarnos a descubrir que existían otras que jamás habíamos visto.

El tiempo posee una extraña pedagogía. Primero nos hace llorar las pérdidas. Después nos enseña a comprenderlas. Y, finalmente, nos permite agradecerlas. Porque sólo la distancia revela que muchas de las cosas que suplicábamos conservar eran precisamente aquello que impedía nuestro crecimiento.

Quizá, si aquello no hubiera desaparecido, nosotros tampoco habríamos cambiado. Tal vez seguiríamos cargando un peso que no nos correspondía, defendiendo una certeza que ya no era verdadera o habitando una vida demasiado pequeña para la persona en que estábamos destinados a convertirnos.

La existencia no se parece a un museo donde todo permanece intacto. Se parece más a un río. Su identidad no consiste en conservar las mismas aguas, sino en dejarlas pasar sin dejar de ser él mismo. Así ocurre también con nosotros. No somos quienes éramos hace diez años, ni siquiera hace dos. Morimos muchas veces antes de morir definitivamente. Y cada una de esas pequeñas muertes deja espacio para un nacimiento silencioso.

Quizá la madurez consista precisamente en eso: en dejar de medir la vida por lo que permanece y empezar a medirla también por aquello que supimos soltar. Porque existe una gratitud más profunda que la de conservar. Es la gratitud de comprender. Comprender que hubo personas cuya ausencia nos enseñó el amor propio. Trabajos cuya pérdida nos condujo a nuestra verdadera vocación. Errores que nos regalaron prudencia. Fracasos que nos dieron carácter. Y dolores que terminaron convirtiéndose en sabiduría.

Por eso hoy no celebro únicamente lo que sigue conmigo. Celebro también todo aquello que dejó de estar. Celebro las despedidas que me hicieron libre. Las renuncias que me hicieron fuerte. Las certezas que se derrumbaron para que nacieran convicciones más profundas. Las sombras que me obligaron a descubrir mi propia luz.

Hoy agradezco todo aquello que alguna vez llamé pérdida, porque ahora comprendo que muchas pérdidas no eran un castigo, sino una forma discreta de providencia.

Hay personas que celebran los años de lo que aún poseen. Yo prefiero celebrar también los años de aquello que perdí. Porque, al final, descubro que no fueron esas pérdidas las que me dejaron incompleto. Fueron ellas las que, poco a poco, fueron retirando de mi vida todo aquello que sobraba para que pudiera encontrar lo único que jamás debí perder: A mí mismo.

Feliz no aniversario.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver arriba