La infancia como promesa y ruina del absoluto

(A propósito del Día del Niño, a la luz de Un uomo finito de Giovanni Papini)

Hay en la infancia una forma primitiva de omnipotencia: el niño no duda de que el mundo es inteligible, de que todo puede ser nombrado, comprendido y, en última instancia, poseído. Esa certeza —que no es fruto de la experiencia sino de la inocencia— constituye la primera gran ficción fundacional del ser humano. No es casual que el niño pregunte sin cesar; en su insistencia late la convicción de que cada pregunta tiene una respuesta y que cada respuesta es accesible. La infancia, en ese sentido, es el territorio de la totalidad posible.

Sin embargo, si algo nos enseña Un uomo finito, es que esa aspiración de totalidad, cuando no se disuelve a tiempo en la madurez del límite, deviene patología del espíritu. Papini —ese joven incendiario que quiso ser biblioteca, enciclopedia y dios— no fue sino un niño que se negó a abandonar su fe en el saber absoluto. Su tragedia no consistió en querer demasiado, sino en no haber aprendido a querer con medida.

Celebrar el Día del Niño, en la contemporaneidad, suele implicar una exaltación acrítica de esa etapa: se glorifica la curiosidad, la espontaneidad, la creatividad, como si en ellas residiera una virtud autosuficiente. Pero tal celebración omite un aspecto esencial: la infancia no es solo promesa, es también peligro. En ella germina la ilusión de que el mundo está hecho para ser conquistado sin resto, de que la inteligencia es suficiente para domesticar la realidad. Y esa ilusión, cuando se prolonga sin mediación, engendra adultos que, como Papini, descubren demasiado tarde que el universo no se rinde ante el intelecto.

Aquí conviene detenerse en una paradoja: la misma fuerza que impulsa al niño a conocer —esa sed irreprimible de totalidad— es la que, si no es educada, lo conducirá al abismo del desencanto. Papini encarna el fracaso de una infancia que no fue superada, sino hipertrofiada. Su erudición no fue sabiduría, sino acumulación desesperada; su inteligencia, lejos de iluminar, terminó por oscurecerlo todo. Quiso abarcarlo todo y, en el proceso, perdió el sentido de cualquier cosa.

En este punto, la reflexión se torna incómoda: ¿qué estamos celebrando realmente cuando celebramos al niño? ¿La potencia de su imaginación o la fragilidad de su ilusión? ¿Su apertura al mundo o su incapacidad para reconocer el límite? Porque educar —si se toma en serio—, más que preservar la infancia indefinidamente, es conducirla hacia su propia superación. Educar es enseñar que no todo puede ser sabido, que no todo puede ser poseído, que hay una dignidad en la renuncia.

La modernidad, sin embargo, ha invertido este principio. Hemos construido una cultura que idolatra la curiosidad sin disciplina, la inteligencia sin orientación, el conocimiento sin finalidad. El resultado es una proliferación de “hombres acabados”: individuos saturados de información, pero vacíos de sentido; capaces de describir el mundo con precisión milimétrica, pero incapaces de habitarlo con plenitud. En ellos, el niño no ha muerto; ha mutado en una forma sofisticada de desesperación.

Si quisiéramos, entonces, otorgar al Día del Niño un contenido verdaderamente reflexivo, deberíamos asumirlo no como una celebración ingenua, sino como una advertencia. La infancia es el punto de partida, no el destino. Es la etapa en la que el ser humano se cree absoluto, para luego aprender —si tiene la fortuna de una buena formación— que no lo es. Y en ese tránsito, en esa aceptación del límite, reside la posibilidad de una vida auténtica.

Papini, en su caída, nos lega una enseñanza severa: quien no aprende a renunciar a la totalidad, termina siendo devorado por su propia ambición de infinito. El niño que quiso saberlo todo se convirtió en el hombre que ya no encontraba sentido en nada. He ahí la dialéctica trágica de la inteligencia sin medida.

Así, entre los globos, los juguetes y las sonrisas que hoy pueblan la superficie de la celebración, convendría introducir una nota de gravedad: educar a un niño no es conservar intacta su ilusión de omnipotencia, sino enseñarle a perderla sin perderse a sí mismo. Porque solo quien ha aceptado el límite puede aspirar, no a comprenderlo todo, sino a comprender lo suficiente para vivir con dignidad.

Y acaso esa sea la forma más alta de sabiduría: no la del niño que pregunta sin fin, ni la del hombre que pretende responderlo todo, sino la de aquel que ha aprendido —tras la ruina de sus absolutos— a habitar serenamente el misterio.

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