Hay profesiones que se ejercen con las manos, otras con la memoria y algunas con el talento. La abogacía, en cambio, se ejerce mediante una singular conjunción de inteligencia, carácter, paciencia y alma. Porque detrás de cada escrito suscrito, de cada audiencia atendida y de cada argumento pronunciado ante un tribunal, existe una historia que pocas veces se cuenta: la del abogado que, durante horas, días, meses o incluso años, tuvo que hacer propia una batalla que, en principio, no le pertenecía.
Así somos nosotros, los abogados. Particularmente quienes hemos elegido el litigio conocemos una manera muy peculiar de habitar el tiempo. Mientras el resto del mundo mide los días en comidas, reuniones, viajes, celebraciones o descansos, nosotros terminamos por medirlos en vencimientos, términos procesales, audiencias, promociones, pruebas, recursos y sentencias.
El calendario deja entonces de ser una mera sucesión de fechas y se transforma en una cartografía de responsabilidades. Sabemos que detrás de un plazo que vence puede encontrarse el patrimonio de una familia; detrás de una audiencia, la libertad de una persona; detrás de una demanda, el trabajo de toda una vida; detrás de un recurso, quizá la última esperanza de quien ha sido vencido por una resolución injusta.
Por eso nuestra profesión rara vez concluye cuando se apagan las luces de la oficina. El abogado se lleva consigo los expedientes aun cuando físicamente permanezcan sobre el escritorio. Los transporta en la mente. Cena pensando en ellos. Conduce pensando en ellos. Se despierta de madrugada porque acaba de advertir una contradicción que durante el día había pasado inadvertida. Interrumpe una conversación porque una palabra, pronunciada casualmente, acaba de sugerirle un argumento. Regresa sobre una página diez, veinte, cincuenta veces, buscando aquello que nadie más ha visto.
Porque el litigante sabe que, en ocasiones, la diferencia entre ganar y perder puede ocultarse en una sola frase. Y entonces vuelve a leer. Vuelve a estudiar. Vuelve a dudar. Cuántas veces hemos permanecido frente a una montaña de expedientes mientras, afuera, la vida continuaba su curso. Cuántas noches hemos visto consumirse las horas frente a una pantalla, mientras en algún lugar otros reían, celebraban, dormían o, simplemente, contemplaban el mundo sin la obligación de resolver nada.
Y, sin embargo, al abogado difícilmente le resulta posible explicar esta forma de existencia a quien nunca ha sentido el peso de representar jurídicamente a otro ser humano. Porque representar a alguien no consiste únicamente en colocar su nombre debajo del nuestro en una hoja membretada. Representarlo significa aceptar, aunque sea temporalmente, una parte de su incertidumbre. Significa estudiar sus problemas cuando él ya no sabe cómo resolverlos. Significa conservar la serenidad cuando el cliente comienza a perderla. Significa buscar una puerta jurídica precisamente allí donde todos los demás aseguran que sólo existe un muro.
Todos creen que ya lo lograste, pero casi nadie alcanza a advertir cuánto te estás exigiendo para sostener aquello que has construido. La familia piensa que eres fuerte. Los clientes creen que tienes todas las respuestas. Los colegas suponen que la estrategia está perfectamente trazada. Y tú, mientras tanto, permaneces algunas noches frente al expediente interrogándote en silencio: «¿Y si he olvidado algo?», «¿y si existe un argumento mejor?», «¿y si no estoy viendo lo que debería ver?».
Esa duda no siempre es debilidad. Muchas veces es responsabilidad. Porque sólo quien comprende verdaderamente la trascendencia de su oficio teme no estar a su altura. Por eso el buen abogado revisa una vez más. Consulta otra tesis. Busca otra sentencia. Regresa a la ley. Relee la declaración. Contrasta una fecha. Cuestiona su propia hipótesis. Destruye mentalmente el argumento para reconstruirlo después con mayor solidez.
Y acaso haya que decir algo más. Algo dirigido no a quienes ya llevamos años recorriendo pasillos de juzgados, aprendiendo a golpes la diferencia entre conocer el Derecho y ejercerlo, sino a quienes apenas contemplan esta profesión desde lejos y sienten fascinación por ella. A quienes sueñan con ser abogados habría que hacerles una advertencia:
Si quieres ser abogado únicamente porque te gusta discutir, no lo seas.
Si lo que buscas es que antepongan un «Licenciado» a tu nombre; si imaginas la profesión como una colección de trajes impecables, oficinas elegantes, discursos grandilocuentes y fotografías frente a los tribunales, quizá debas mirar hacia otra parte.
Si quieres ser abogado porque deseas la admiración de los demás, porque te seduce el poder, porque ansías sentirte intelectualmente superior o porque has confundido la elocuencia con la sabiduría, no lo hagas.
La abogacía termina revelando muy pronto la fragilidad de quienes llegan a ella buscando solamente prestigio. Porque llegará una noche —y después llegarán muchas— en la que nadie te estará mirando. No habrá aplausos. No habrá audiencia. No habrá cliente agradeciéndote. No habrá fotografía. Estarás solamente tú, una lámpara encendida, una taza de café abandonada y cientos o miles de páginas que tendrás que comprender antes de que amanezca. Y entonces descubrirás si verdaderamente querías ser abogado.
Si no estás dispuesto a leer cuando todos los demás duermen, no lo seas. Si te desespera revisar tres veces una misma disposición hasta comprender con exactitud lo que significa, no lo seas. Si consideras humillante volver a estudiar aquello que creías dominar, no lo seas. Si no puedes aceptar que alguna vez otro abogado conocerá mejor que tú una materia y que tendrás que aprender de él, no lo seas. Si necesitas tener siempre la razón, mucho menos.
Tampoco seas abogado si no puedes soportar la frustración. Porque vas a perder. Alguna vez vas a perder. Y quizá pierdas precisamente cuando estabas convencido de tener razón. Perderás después de estudiar durante semanas. Perderás después de haber escrito el mejor recurso que creías capaz de escribir. Perderás frente a argumentos inferiores. Perderás frente a decisiones que no comprenderás.
Y habrá ocasiones todavía más crueles: aquellas en las que tú podrás levantarte de la derrota, pero la persona a quien representabas tendrá que vivir con sus consecuencias. Entonces conocerás una de las cargas más silenciosas de nuestro oficio. El abogado puede abandonar el tribunal. El cliente, algunas veces, no puede abandonar la sentencia.
Por eso, si no estás dispuesto a cargar responsablemente con una pequeña parte del destino de otra persona, no seas abogado. Si cada problema ajeno te parece simplemente un expediente, no lo seas. Si una persona privada de la libertad es para ti solamente un número de causa penal; si una víctima es apenas una carpeta de investigación; si un trabajador es únicamente una cuantificación; si una familia es sólo un juicio sucesorio; si detrás de los nombres impresos en las carátulas ya no eres capaz de reconocer seres humanos, quizá haya llegado el momento de preguntarte por qué elegiste esta profesión.
Porque los expedientes no sufren. Las personas sí. Los expedientes no sienten miedo. Las personas sí. Los expedientes no pasan noches enteras preguntándose qué será de su vida si el tribunal resuelve en su contra. Las personas sí. Y nosotros trabajamos para ellas. No para los papeles. No para los números de expediente. No para alimentar nuestra vanidad. Para ellas: las personas. Si no puedes comprenderlo, no seas abogado.
Pero, sobre todo, no seas abogado si esta profesión no despierta en ti algo que vaya más allá del dinero, del reconocimiento o del título. Tiene que existir alguna fuerza más profunda. Llámala vocación. Llámala sentido de justicia. Llámala obsesión por comprender. Llámala inconformidad frente al abuso. Llámala necesidad de defender. Llámala como quieras. Pero tiene que existir.
Porque llegará un momento en que el dinero no bastará para mantenerte despierto. El prestigio tampoco. Ni siquiera el éxito. Solamente permanecerá aquello que originalmente te hizo sentarte frente a una página en blanco y pensar que, mediante argumentos, era posible alterar el destino de una persona. Si alguna vez experimentas eso, entonces quizá sí. Quizá esta profesión sea para ti.
Si una injusticia te perturba incluso cuando no te afecta personalmente. Si una arbitrariedad consigue quitarte el sueño. Si disfrutas encontrar una respuesta allí donde aparentemente no existía ninguna. Si experimentas una satisfacción casi inexplicable al descubrir, después de horas de lectura, el argumento capaz de cambiar el curso de un asunto. Si eres capaz de permanecer frente a un expediente hasta que las palabras comienzan a ordenarse y aparece, finalmente, una salida. Si todavía sientes respeto cuando entras a una sala de audiencias. Si entiendes que representar a otro ser humano constituye un privilegio antes que un negocio. Si puedes ganar sin sentirte invencible y perder sin considerarte derrotado. Si después de una mala resolución vuelves a casa enfadado, quizá exhausto, quizá profundamente decepcionado y, sin embargo, al día siguiente vuelves a estudiar… entonces quédate.
Estudia. Prepárate. Equivócate. Corrige. Lee más. Escucha. Duda. Argumenta. Resiste. Porque probablemente ya hayas comprendido algo que ninguna facultad puede enseñar por completo: uno no se convierte verdaderamente en abogado el día que recibe un título. Se convierte en abogado cada vez que alguien deposita en sus manos un problema que no sabe resolver solo. Cada vez que permanece despierto buscando una salida. Cada vez que decide enfrentarse jurídicamente a una injusticia aunque hacerlo tenga un costo. Cada vez que utiliza la palabra en lugar de la fuerza. Cada vez que recuerda que detrás de un expediente existe una vida. Y cada vez que, pudiendo elegir la indiferencia, decide involucrarse. Sólo entonces comienza esta extraña forma de existencia que algunos elegimos y que, con el tiempo, termina eligiéndonos también a nosotros.
También están las confrontaciones. El litigante aprende muy pronto que defender derechos no siempre genera simpatías. Hay ocasiones en que la misión del abogado consiste precisamente en incomodar. En preguntar aquello que alguien preferiría no responder. En señalar la irregularidad que resultaba más conveniente ocultar. En exigir que una autoridad funde aquello que decidió arbitrariamente. En recordar que incluso el poder tiene límites. Y eso tiene consecuencias.
Cuántos enemigos nos hemos ganado por defender causas ajenas. Cuántas malas caras hemos recibido simplemente por insistir en que se cumpla la ley. Cuántos comentarios hemos soportado de quienes desconfiaron de nosotros antes siquiera de escucharnos. Cuántas puertas hemos tenido que tocar dos veces. Cuántas veces hemos escuchado un «no se puede» antes de demostrar jurídicamente que sí podía hacerse. Cuántos riesgos hemos corrido por enfrentarnos a la insensatez, a la arbitrariedad, al abuso o, sencillamente, a la comodidad burocrática de quien preferiría que nadie cuestionara sus decisiones. Porque el abogado litigante, cuando cumple con dignidad su oficio, está destinado, en ocasiones, a convertirse en una figura incómoda.
Pero las sociedades libres necesitan personas incómodas. Necesitan ciudadanos capaces de preguntarle al poder por qué. Necesitan profesionales dispuestos a colocarse frente a una autoridad y recordarle que su voluntad no está por encima de la Constitución. Necesitan voces capaces de decir, con argumentos y no con violencia: «Esto es ilegal».
Allí reside una parte fundamental de nuestra trascendencia social. El abogado es, en cierto modo, el intermediario entre la abstracción de la justicia y la fragilidad concreta del ser humano. La Constitución puede proclamar derechos extraordinarios, pero alguien debe hacerlos valer. Las leyes pueden reconocer libertades, pero alguien debe defenderlas. Los tratados pueden hablar de dignidad humana, pero alguien debe comparecer ante un tribunal cuando esa dignidad ha sido vulnerada. Y ese alguien, incontables veces, es un abogado.
Por eso existen momentos que justifican todos los anteriores. Momentos breves. A veces apenas unos segundos. El instante en que un tribunal pronuncia una sentencia absolutoria. El instante en que una persona recupera su libertad. El instante en que una madre abraza nuevamente a su hijo. El instante en que una familia conserva su casa. El instante en que un trabajador obtiene aquello que durante años le fue negado. El instante en que una víctima escucha que alguien, finalmente, creyó en su palabra.
Quizá por eso sabemos exactamente cuántas horas de sueño pueden caber dentro de una sola frase: «Se absuelve». Horas de estudio. Noches enteras. Café frío. Ansiedad. Discusión. Miedo. Esperanza. Todo concentrado en dos palabras pronunciadas por otra persona.
Quien nunca ha litigado difícilmente podrá comprenderlo por completo. No celebramos únicamente una resolución favorable. Celebramos que aquellas noches tuvieron sentido. Celebramos haber encontrado el argumento. Celebramos haber resistido cuando parecía más fácil abandonar. Celebramos que alguien confió en nosotros y que, por una vez, estuvimos a la altura de esa confianza.
Así transcurre nuestra vida. Entre leyes y personas. Entre certezas y dudas. Entre argumentos brillantes y silencios devastadores. Entre audiencias que duran minutos y preparaciones que consumieron semanas. Entre clientes que agradecen para siempre y otros que olvidarán nuestro esfuerzo al día siguiente. Entre quienes nos miran como salvadores y quienes nos señalan como adversarios. Y, en medio de todo ello, seguimos intentando hacer una sola cosa: cumplir dignamente con nuestro deber.
Tal vez por eso alguna vez conviene detener el paso y reconocer a quienes ejercen esta profesión con entrega. A quienes preparan una audiencia que nadie verá preparar. A quien corrige por vigésima vez un escrito porque sabe que una palabra importa. A quien carga problemas ajenos mientras intenta no descuidar los propios. A quien ha tenido miedo y, aun así, entró a la sala de audiencias. A quien prefirió perder una amistad antes que traicionar una causa justa.
Ellos son, en buena medida, soldados de la legalidad. No porque combatan con violencia, sino precisamente porque han elegido combatirla con razones. Su arma es la palabra. Su escudo, la ley. Su disciplina, el estudio. Su territorio, los tribunales. Y su propósito, cuando la profesión se ejerce con nobleza, consiste en impedir que una persona quede completamente indefensa frente a otra, frente a una institución o frente al propio Estado.
Por eso, si alguna vez alguien me preguntara si han valido la pena las renuncias, tendría que mirar hacia atrás. Cuánta vida me he perdido en la redacción de demandas, denuncias y recursos. Cuántos lugares me he privado de conocer por permanecer atado a un proceso. Cuántas horas de sueño he invertido buscando una frase: «Se absuelve». Cuántos enemigos me he ganado por defender causas que ni siquiera eran mías. Cuántos riesgos he corrido por enfrentar la insensatez. Cuántas malas caras, desconfianzas y comentarios he tenido que soportar de quienes no creyeron en mí a primera vista. Y, sin embargo, si pudiera volver atrás, quizá volvería a elegir muchas de aquellas noches.
Volvería a estudiar. Volvería a discutir. Volvería a enfrentarme a la arbitrariedad. Volvería a defender causas ajenas como si fueran propias. Porque existe una satisfacción difícil de explicar cuando sabemos que nuestros conocimientos sirvieron para proteger a alguien. Porque pocos privilegios intelectuales pueden compararse con convertir una idea en argumento, un argumento en resolución y una resolución en libertad, justicia o esperanza para otra persona. Porque, al final, entre todos los títulos que la vida pudiera concedernos, existe uno que no se obtiene únicamente en una universidad. Se conquista cada día. En cada expediente. En cada audiencia. En cada madrugada. En cada batalla en la que decidimos permanecer de pie. Y quizá por eso, a pesar del cansancio, de los sacrificios, de las noches sin dormir y de todas las cosas mundanales que alguna vez dejamos pasar, existe una frase que seguimos pronunciando con una dignidad difícil de ocultar:
No cambiaría nada de todo aquello si el precio fuera dejar de llamarme, con orgullo, el Abogado.
Así somos nosotros. Los que defendemos problemas que nacieron en vidas ajenas y terminan habitando durante meses en la nuestra. Los que algunas veces nos rompemos en silencio y, aun así, regresamos al escritorio a la mañana siguiente.
Los abogados. Imperfectos. Obstinados. Exhaustos muchas veces. Pero todavía de pie. Porque mientras exista una injusticia que pueda ser combatida con la inteligencia, una arbitrariedad que pueda ser contenida por la ley o una persona que necesite que alguien pronuncie su causa frente al poder, siempre habrá razones suficientes para volver a abrir el expediente. Encender la lámpara. Servir otro café. Y comenzar otra vez.