Hay un punto —casi siempre imperceptible, casi siempre tardío— en el que la realidad deja de ser juzgada y comienza a ser simplemente habitada. No se trata de un instante heroico ni de una ruptura dramática. Se trata de una lenta capitulación del juicio frente a la costumbre. Basta, sin embargo, con elevarse un poco —como quien adopta, no sin ironía, aquella vieja aspiración arquimedeica de encontrar un punto de apoyo fuera del mundo— para advertir que mucho de lo que ocurre en nuestro entorno no pertenece, en rigor, al repertorio de lo aceptable en otras latitudes civilizatorias. Lo que aquí se vive como paisaje, en otros contextos se percibiría como anomalía.
Pero el drama no reside en la anomalía misma, sino en su domesticación. Porque toda sociedad genera desviaciones. Lo verdaderamente inquietante es cuando dichas desviaciones dejan de ser tales, cuando se integran al tejido de lo cotidiano sin producir ya fricción moral alguna. Entonces, lo excepcional se vuelve regla, y lo intolerable adquiere carta de naturalidad. A este fenómeno —que podríamos llamar, con cierta licencia conceptual, una “tolerancia invertida”— pertenece buena parte de la problemática ideológica que hoy atraviesa a la sociedad mexicana.
Basta escuchar, con oído atento, las opiniones externas —no como quien busca validación en el extranjero, sino como quien contrasta su propio espejo con el de otros— para advertir una disonancia inquietante. Aquello que aquí se explica, se justifica o incluso se trivializa, en otros contextos suscita escándalo, rechazo o, cuando menos, una incomodidad activa. Surge entonces una pregunta que no es menor: ¿en qué momento aprendimos a tolerar lo que debería indignarnos?
Tal vez la respuesta se encuentre, al menos en parte, en esa condición liminal que Emilio Uranga identificó como el signo distintivo del mexicano: el Nepantla, ese estar entre dos mundos, esa síntesis inestable de opuestos que no termina de resolverse. Desde esa perspectiva, la tolerancia no sería sino una estrategia de supervivencia, una forma de habitar la contradicción sin sucumbir a ella. Sin embargo, lo que en su origen pudo ser virtud adaptativa ha devenido, en su degeneración contemporánea, en una peligrosa forma de complacencia.
Así, el mexicano —ese sujeto que alguna vez se definió por su capacidad de resistir— parece hoy caracterizarse por su capacidad de soportar. Y soportar, como es sabido, no es lo mismo que resistir: mientras lo primero implica una pasividad resignada, lo segundo exige una tensión activa frente a lo intolerable. En esta mutación semántica se cifra, quizá, una de las claves de nuestra crisis.
La normalización de la delincuencia es un ejemplo paradigmático. No se trata únicamente de la existencia del fenómeno —que, como toda patología social, es transversal a múltiples sociedades—, sino de su progresiva integración en la vida cotidiana. La violencia deja de ser noticia para convertirse en estadística; el crimen, de ser escándalo, pasa a ser contexto. Y lo más grave: el lenguaje mismo se adapta para amortiguar el impacto de lo real. Se habla de “daños colaterales”, de “ajustes de cuentas”, de “zonas complicadas”, como si la semántica pudiera, por sí sola, redimir la crudeza de los hechos.
Algo similar ocurre con el conformismo, esa forma sutil de renuncia que se disfraza de pragmatismo. Bajo la coartada de que “así son las cosas”, se abdica de toda aspiración transformadora. El horizonte de lo posible se reduce al perímetro de lo dado, y cualquier intento de cuestionamiento es percibido, no como ejercicio crítico, sino como ingenuidad o incluso como amenaza. En este contexto, la mediocridad no solo se tolera: se institucionaliza.
Más inquietante aún es la falta de profesionalización en la política, fenómeno que no solo se observa, sino que en ocasiones se celebra. La idea de que la cercanía con “el pueblo” puede suplir la competencia técnica ha generado una inversión de valores en la que la ignorancia se presenta como autenticidad, y la preparación como elitismo sospechoso. Se olvida, con una ligereza preocupante, que gobernar no es un acto de buena voluntad, sino una tarea compleja que exige conocimiento, disciplina y responsabilidad.
No es casual que Samuel Ramos hablara de la necesidad de una cultura capaz de elevar al individuo por encima de sus determinaciones más inmediatas. Esa cultura —entendida no como ornamento, sino como estructura formativa del espíritu— parece hoy más lejana que nunca. En su lugar, asistimos a la consolidación de una pedagogía inversa: una educación informal que enseña, día tras día, que nada merece realmente nuestra indignación.
Porque, en efecto, nada parece impresionarnos. Nada parece afectarnos. Nada parece despertarnos. Y, sin embargo, esta anestesia colectiva no es inocente. Como toda construcción ideológica, ha sido —y sigue siendo— aprovechada por el poder. La normalización de lo anormal se convierte así en un instrumento de gobierno: aquello que no se percibe como problema no exige solución; aquello que no indigna no moviliza; aquello que se acepta, se perpetúa. De este modo, el sufrimiento puede administrarse sin generar ruptura, siempre que se dosifique dentro de los márgenes de lo tolerado.
Se produce entonces una paradoja inquietante: una sociedad capaz de soportar niveles extraordinarios de disfunción sin perder, al menos en apariencia, su estabilidad emocional. Se sonríe, incluso, en medio del deterioro. No por virtud, sino por habituación.
Frente a este panorama, la tarea no es sencilla. No basta con denunciar la anormalidad. Es preciso, antes que nada, desnaturalizarla. Recuperar la capacidad de asombro, pero también la de escándalo. Reaprender a nombrar lo inaceptable como tal, sin eufemismos ni atenuantes. En otras palabras, restituir el juicio allí donde la costumbre lo ha erosionado.
Quizá el primer paso consista, precisamente, en ese gesto inicial: elevarse un poco. Tomar distancia de lo inmediato, no para evadirlo, sino para comprenderlo. Adoptar, aunque sea por un instante, esa mirada que permite distinguir entre lo que es y lo que debería ser. Porque solo quien reconoce la anomalía como tal puede aspirar a corregirla.
De lo contrario, seguiremos habitando —con una serenidad que debería alarmarnos— una Edad Media sin final, en la que el progreso no se detiene por falta de recursos, sino por ausencia de exigencia. Una época en la que el verdadero atraso no es material, sino moral: la incapacidad de escandalizarnos ante aquello que, por su propia naturaleza, debería resultarnos intolerable.